Yo hoy he oído, por primera vez este año, ese anuncio, que se te clava en el alma desde hace tanto tiempo. Es bonito, tiene una música que suena íntima, cercana. Habla de llegadas, de encuentros, de emociones, de calor de hogar.
“Vuelve… a casa vuelve…vuelve a tu hogar…”
Y he pensado en ti. No he podido evitarlo. Sé de la tristeza que te inunda, cuando lo escuchas, de la lágrima que resbala por tu mejilla, silenciosa, muda, de adentro, esa que duelen tanto y agarran el corazón, apretándolo hasta el extremo.
Había sonado más navidades, pero en ésa se hizo nuevo para ti. Porque allá por Marzo, se había ido una de las personas que más querías. Te dijo adiós con una mirada cargada de tristeza, cuando lo besaste aquella tarde al salir del hospital. No supiste entenderla hasta mucho más tarde, cuando ya sus ojos no te podían ver, ni tú a él tampoco. Quizás te quería decir todo con ella. Quizás encerraba la sabiduría de la certeza, ¡quién sabe! ¿verdad?
Habías bromeado en el tiempo que duró la visita, diciéndole que pronto él estaría de pie y tú en la cama, que él sería la visita y tú la visitada. Apenas faltaban cuatro meses para que naciera tu primer hijo, y era lo que más ilusión le hacía en el mundo, conocer a su primer nieto/a.
No pudo ser, se fue antes, en esa noche. Enfrentabas a la muerte por primera vez, y ésta golpeaba en una de tus personas más queridas, uno de tus referentes. Te desarmó. Y tú, al saberlo, te abrazaste al hijo que llevabas dentro, como si lo quisieras proteger del dolor tan inmenso que te atenazaba. Protegerlo no sabías bien de qué, ni cómo. Quizás de ti, de tu lamento, de tu sufrimiento.
Recuerdo que, cuando ya había pasado todo, me dijiste que habías estado una semana comunicándote escribiendo; podías hablar, pero no oías. Tus oídos se quedaron sordos, al sangrar en la noche. Os quedasteis íntimos, tu hijo, tú y el dolor. Te duró una semana la lejanía con el mundo que te rodeaba, del que tú no querías saber nada. Al que te negabas a escuchar. Era como querer protegerte del exterior, de todo lo que no fuese esa intimidad tuya, ese adiós en el silencio más absoluto.
“ Vuelve… a casa vuelve…vuelve a tu hogar…”
Volvió cada Navidad a sonar. Y seguiste derramando las lágrimas silenciosas, mudas, de adentro. Después con el paso de los años, en tus navidades hubo risas de niños y ojitos maravillados, mirando las luces, ilusionándose con las fiestas, cantando villancicos, poniendo el belén. Tu tristeza siempre aparecía, aunque una sonrisa la tapara. Y en tu casa ese anuncio gustaba a tus niños -mira, mamá mira-, y sonreías guardando el nudo que te atenazaba la garganta.
Ya te faltan todos ellos, tus padres, los más importantes. Los que más te duelen. Y los abuelos. Se han ido tus raíces, me dices muchas veces . Ya son muchos los que no vuelven para ti. Y suena a pena tu voz, a tristeza, a nostalgia, a recuerdo grabado en el corazón, a lágrima silenciosa, muda, de adentro.
Y sé que volverás a llorar, como cada año, a solas, no importa cuánto suene, ni cuántos días lo haga. Tu corazón seguirá apretándose con esa música con esa letra y esas imágenes.
“ Vuelve…a casa vuelve…vuelve a tu hogar…”
Y, de nuevo, también como siempre, pintarás una sonrisa en tus labios, al estar todos juntos, y ellos, te mirarán de reojo y callarán y harán una broma, y reiréis.
Un beso.
Lucía.







